Nos debería explicar Almudena Grandes por qué “el federalismo es
incompatible con la monarquía” (El País, 15 de octubre de 2012). Nos
explicaría cómo Bélgica es monarquía federal, donde las tensiones
nacionalistas entre flamencos y valones dejan a salvo la corona,
raramente contestada. Nos explicará cómo en Reino Unido, que de federal,
y por motivos secundarios, solo tiene el nombre, se da al máximo su
característica multilevel governance, que permite a Irlanda del
Norte, Gales y Escocia regirse a su aire, sin que esto menoscabe la
corona, probablemente mantenida en 2014 si el resultado del referéndum
escocés fuese secesionista; y nos explicará asimismo a qué se debe que
la relación más laxa posible entre naciones un día comunes, hoy
plenamente soberanas, tales las integrantes de la Commonwealth, sin
embargo todas ellas lo son de “su majestad”, la que por cierto mantiene
en cada una de las 15 su gobernador general, puesto en absoluto anodino.
Nos dirá cómo Dinamarca, monarquía nominalmente unitaria, permite en su
seno dos territorios tan política y económicamente independientes como
para quedar —a diferencia de la metrópoli— fuera de la Unión Europea,
todo ello sin mengua de atenerse a ese común poder moderador de
atribución hereditaria que es el régimen monárquico.
Régimen ni mejor ni peor que el republicano cuando en este se elige
limpiamente, no a través de perpetuación vitalicia o de nepotismo
descarado.— Carlos María Bru Purón.
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