sábado, 5 de octubre de 2013

El Rey, el Príncipe, Letizia y Leonor / Luis María Anson *

“Hay españoles honrados que consideran conveniente que el Rey abdique. Sin embargo, la inmensa mayoría de los que propugnan la abdicación son extremistas que desean extirpar del cuerpo de España a la Monarquía. Si se descarna la maniobra se comprenderá enseguida su alcance. Tras casi 38 años en la Jefatura del Estado, el Rey, a pesar de ciertos pasajes familiares, conserva un alto prestigio internacional y también nacional. Es muy difícil cuartearle. La última manifestación contra él, albriciada a bombo y televisión, no congregó ni a un millar de personas. 

 El Príncipe Felipe es un hombre en plenitud, con excelente preparación y sobrada experiencia, que desempeñaría estupendamente las funciones constitucionales de la Jefatura del Estado, suponiendo que el Rey abdicara. Pero si una desgracia terminara con la vida de Don Felipe convertido en Rey, una enfermedad, un accidente, un atentado en algunos de los países iberoamericanos a los que acude para asistir a la investidura de sus presidentes, entonces quedaría como sucesora una niña de pocos años, la Infanta Leonor. Hasta su mayoría de edad, la regencia la desempeñaría Doña Letizia, de la que tengo el mejor concepto personal pero hay que reconocer que difícilmente sería aceptada por la opinión pública en el papel de Regente del Reino. La prudencia y el buen sentido aconsejan que el Rey, salvo imposibilidad física o mental, no se plantee la abdicación por lo menos hasta la mayoría de edad de la Infanta.

Como se ha explicado editorialmente en este periódico, lo que conviene a España en estos momentos es la estabilidad, aprovechar la experiencia del Rey, su ancho prestigio internacional, su reconocida habilidad para la gestión. A pesar de la mala suerte de unas operaciones quirúrgicas desafortunadas, Don Juan Carlos resolvió la adjudicación del ferrocarril Medina-La Meca con beneficio extraordinario para la economía española. Y lo más importante: su viaje a Marruecos normalizó unas relaciones siempre arriscadas y comprometidas. Algunos dicen que Brasil retrasó la adjudicación de su Ave gracias, al menos en parte, a una gestión del Rey, cuando el accidente de Santiago fragilizaba la aspiración española.

Cierto dirigente de partido político clama por la abdicación del Rey y a continuación exige un referéndum sobre la Monarquía. Olvida que los pasos para semejante propósito están regulados en la Constitución y, sobre todo, que los partidos políticos que él representa constituyen el tercero de los diez grandes problemas que agobian a los españoles, mientras la Monarquía, aunque ya no ocupe el primer puesto en aceptación popular, permanece en un tercer lugar, a pesar de la campaña de desprestigio a la que está sometida por la ultraizquierda y la ultraderecha, pues los extremos se tocan.

El paro abrumador, la deuda que raspa ya el PIB, la crisis económica todavía con algunos flancos descubiertos, el secesionismo de Cataluña atizado por Oriol Junqueras y su marioneta Arturo Mas, y otras cuestiones territoriales y sociales son los problemas que agobian a los españoles. La abdicación del Rey está al margen de la preocupación popular y solo se habla de ella en algunas tertulias de radio o televisión, generalmente con más ligereza que conocimiento de causa.

España, en fin, tiene una forma de Estado instalada en la más completa modernidad, como Suecia, Dinamarca, Holanda o Noruega, como Inglaterra y Japón, que funciona eficazmente conforme al mandato del pueblo español, pues en nuestra Monarquía de todos es, efectivamente, el pueblo el que encarna la soberanía nacional y el que decide las funciones del Rey a través de la voluntad general libremente expresada. Algún columnista que hace juegos malabares con adjetivos y personajes históricos se esfuerza por estercolizar la Corona. Ciertos políticos calcinados, con tendencia al bóvido y al pienso, toman posiciones para preservar en el futuro su pesebre. Hay un escritor, que haría un tambor con la piel de su madre para redoblar sobre ella sus propias alabanzas, dispuesto siempre a disparar a quemarropa contra el Rey. Inútil propósito. Tenemos Juan Carlos para rato”.

(*)De la Real Academia Española

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