Tal como está el patio, la ceremonia de
coronación no podía ser otra cosa que ´austera´. Fue, por decirlo así,
un asunto doméstico, de los que se resuelven en familia, sin la mirada
indiscreta de extraños. Nada tuvo que ver con el boato del día de la
boda. Incluso el desfile por las calles de Madrid en el Phantom IV fue
como forzado.
Hubo, claro está, gente a lo largo del recorrido. Pero no
seré yo quien entre a valorar si era mucha o poca, o si ese día Madrid
era o no una fiesta. A aclamar a los nuevos reyes salieron los que
quisieron. Y estaban en su derecho. Como lo estaban también quienes
salieron a defender pacíficamente un modelo de Estado republicano, pero
fueron amordazados por la Policía. Está claro que en esa fiesta, al
menos ese día, ´no cabíamos todos´.
Las aclamaciones, como las
encuestas, están bien para salir del paso, pero los baños de multitud
hay que dárselos en las urnas. Y si el nuevo rey quiere de verdad
consolidar su figura tendrá que pasar tarde o temprano por ellas. Si no
por convencimiento, por su propio interés.
La monarquía es, por
definición, frágil. De hecho, apenas perdura en un puñado de países. Y
la monarquía española, por razones históricas, lo es todavía más.
Depende de la herencia, de la genética, y ésta es siempre caprichosa e
imprevisible. Por eso resulta paradójico que se presente como garantía
de estabilidad. Carlos II, por ejemplo, no tuvo descendencia, lo que dio
origen a una guerra cruenta de sucesión que trajo al trono de España a
los Borbones franceses. Y si se hubiera respetado la actual Constitución, que impide la discriminación por razones de sexo, en lugar
de hacer prevalecer derechos históricos basados en la ley sálica,
tendría que haber sido Elena de Borbón, la primogénita, la coronada. A
no ser que hubiera abdicado en Cristina y ésta en Felipe.
Recurrir,
por tanto, al argumento de la estabilidad para defender este tipo de
traspasos hereditarios es cuando menos cuestionable. Es verdad que en
los últimos años, coincidiendo con el periodo en que Juan Carlos ha
estado al frente de la Jefatura del Estado, el país ha gozado de
estabilidad política a pesar de los embates terroristas. Pero también es
difícil imaginarse a la España de los últimos años fuera de Europa,
aislada del mundo, y en otro contexto que no fuera la Unión Europea y
sus espacios de libertad y democracia.
Pero ni la corona es ya lo
que era ni la España de la Transición es ya la misma. Y así, de pronto,
lo que llama la atención tras los escándalos y la abdicación es la
situación de precariedad en que ha quedado la Familia Real. En un
sentido estricto, se ha reducido a cuatro miembros: el rey, su esposa y
sus dos hijas de corta edad. Por un lado, esta reducción la blinda de
contratiempos externos, pero por otro la pone ante un difícil
equilibrio.
Descartadas para la sucesión las dos hermanas del rey, así
como los hijos e hijas de éstas, una niña estaría llamada a asumir la
Jefatura del Estado en los próximos años si Felipe VI tuviera que
abdicar o no pudiera desempeñar sus funciones por motivos de salud o de
cualquier otro tipo. ¿Alguien piensa que en ese caso, con los tiempos
que corren, el relevo sería posible? ¿O que una regencia sería viable?
La abdicación de Juan Carlos ha dejado a la monarquía sin recambio, a
medio plazo. Y eso más que darle estabilidad a nuestras instituciones
las fragiliza. Además, ¿quién sabe lo que hará de su vida la niña que
está llamado a relevarlo?
No nos engañemos. La monarquía por sí
sola no es garantía de nada. En estos tiempos de crisis en que nos
asolan graves problemas sociales, económicos y políticos; en que la
lacra del desempleo golpea a millones de familias, y aumenta la pobreza y
las desigualdades; en que se avecinan graves problemas territoriales o
en que la exigencia de transparencia y democracia participativa es todo
un desafío, sólo un nuevo pacto constitucional en el que de verdad quepa
´todo el mundo´ puede constituir la base de una convivencia estable y
solidaria.
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